Cruzar el puente románico de Besalú al amanecer te prepara para un día en que la niebla abraza campanarios y murallas. El ascenso revela meandros del Fluvià y tejados de teja vieja que parecen piel de dragón dormido. En Santa Pau, la plaza porticada es un refugio de luz dorada; la torre, sobria, conversa con el verde de los conos volcánicos. Entre ambos, un pan con anís comprado temprano y una charla con una vecina tejen la parte más entrañable del itinerario.
El aire salino llega con susurro hasta las piedras de Pals, donde la torre observa campos de arroz y un Mediterráneo insinuado. Subir despacio permite distinguir nidos en las cornisas y escuchar pasos mínimos en la escalera. Peratallada, con fosos y rincones de sombra fresca, regala una torre cuya silueta recorta cielos limpios. Merienda con coca crujiente, mira vitrinas de artesanos y aprende a pronunciar los nombres de las calles. Entre ambos pueblos, el dorado de la tarde transforma cada fachada en hoguera amable.